Señor corazón ¿por qué usted reacciona así?
Señor corazón, ¿por qué usted reacciona así?
Necesito que conversemos.
Porque francamente no entiendo su manera de proceder.
Podemos pasar días perfectamente tranquilos. Yo trabajando, saliendo, riéndome, haciendo planes, ocupándome de mi vida. Usted ahí, cumpliendo discretamente con su única función realmente importante: mantenerme viva.
Y de pronto suena un audio.
Una voz.
¡Esa voz!
Y usted pierde toda compostura.
¿Se puede saber qué le pasa?
No ha ocurrido nada extraordinario. Nadie ha declarado amor eterno. No hubo flores en mi puerta, ni promesas, ni una escena cinematográfica bajo la lluvia. Es solamente alguien contándome su día. Hablando de cualquier cosa.
Riéndose.
Pero usted reconoce la voz antes que yo.
Y empieza.
Tum. Tum. Tum. Tum.
Más rápido.
Como si quisiera avisarme de algo que mi cabeza todavía no ha decidido sentir.
—Señor corazón, compórtese.
Tum tum tum tum.
—Estamos grandes para esto.
TUM TUM TUM TUM.
Perfecto. Veo que hoy tampoco conversaremos como adultos.
Lo curioso es que mi cabeza sí ha aprendido.
Ella conoce los silencios. Las idas y las vueltas. Sabe que hay personas capaces de conversar durante horas un día y responder “okey” al siguiente. Ha tomado apuntes, levantado evidencia y elaborado conclusiones bastante razonables.
Mi corazón, en cambio, parece no haber asistido a ninguna de esas reuniones.
A él le basta escuchar una risa.
Y qué injusto, porque ni siquiera es tristeza lo que siento.
Todo lo contrario.
Me gusta escucharlo feliz.
Quizás eso es lo que más me desconcierta.
No necesito que esa felicidad tenga que ver conmigo. No necesito ser su causa, ni su destino, ni siquiera estar incluida en ella. Simplemente escucho esa alegría al otro lado del teléfono y algo dentro de mí se pone contento también.
Y entonces entiendo un poquito al señor corazón.
Tal vez no está pidiendo volver.
Tal vez no está esperando nada.
Tal vez solamente recuerda.
Recuerda que hubo personas que alguna vez hicieron latir distinto. Y aunque una aprenda a soltarlas, aunque continúe caminando, aunque construya otras historias y se prometa no organizar la vida alrededor de nadie… hay sonidos que el cuerpo guarda en un lugar donde la razón no tiene contraseña.
Así que está bien, señor corazón.
Puede acelerarse un ratito.
Puede reconocer esa voz.
Puede incluso derretirse un poco, si quiere.
Pero después volvemos a nuestro ritmo, ¿sí?
Porque una cosa es sentir.
Y otra muy distinta es salir corriendo detrás de aquello que nos hizo sentir.
Usted lata.
Que de caminar me encargo yo.
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