Quién movió la cola primero
Qué lindo sería el mundo si fuéramos un poco más como los perros
Hoy poniendo atención a la letra de Losing My Religion y hubo una frase que se me quedó dando vueltas: esa sensación de haber dicho demasiado y, al mismo tiempo, no haber dicho suficiente.
Qué cosa más humana. Qué cosa mas de estos tiempos.
Nos pasamos la vida interpretando gestos.
¿Habrá querido decir algo con eso?
¿Le escribo o espero?
¿Contesto ahora o pareceré demasiado interesada?
¿Me habrá extrañado?
¿Y si dejo de aparecer para ver si me busca?
¿Hablé demasiado?
¿Debí callarme?
Y si hago o digo. ¿Pareceré muy intensa?
¿Y si se asusta?
Convertimos el cariño en una partida de ajedrez y después nos preguntamos por qué terminamos agotados.
Aprendemos a esconder las ganas. A administrar la presencia. A calcular silencios. A veces incluso entramos, casi sin darnos cuenta, en pequeños juegos de manipulación: no necesariamente porque queramos hacer daño, sino porque queremos ser queridos.
Queremos ser elegidos.
Y entonces pensé en los perros.
Un perro no sabe hacer ninguna de esas cosas. Si te extrañó, hace una fiesta cuando llegas. No piensa que quizá debería saludarte con menos entusiasmo para que mañana lo valores más. quiere cariño, se acerca. Si está feliz, mueve la cola. Si confía en ti, duerme tranquilo a tu lado. Si quiere jugar, aparece con su juguete y una propuesta bastante poco sutil.
No existe el “voy a esperar tres horas antes de moverle la cola para que no crea que estoy demasiado disponible”.
Los perros son pésimos estrategas.
Y quizás por eso son extraordinarios queriendo.
No sienten vergüenza de demostrar afecto. No convierten la vulnerabilidad en debilidad. No necesitan parecer indiferentes para sentirse valiosos.
Nosotros, en cambio, hemos aprendido tantas reglas para protegernos que a veces terminamos protegiéndonos incluso de las cosas bonitas.
Tal vez hemos confundido dignidad con indiferencia.
Porque poner límites es necesario. Alejarse de quien nos hace daño también. Elegir dónde quedarse es amor propio.
Pero querer nunca debería darnos vergüenza.
Decir “te extrañé” no debería hacernos menos interesantes.
Alegrarnos porque alguien llegó no debería quitarnos poder.
Y decir “me importas” no tendría que sentirse como entregar un arma cargada.
Quizás la verdadera libertad emocional no consiste en sentir menos.
Quizás consiste en poder sentir mucho sin abandonarnos a nosotros mismos.
Querer sin perseguir. Dar sin mendigar. Irnos cuando no somos correspondidos, pero sin arrepentirnos de haber sido sinceros mientras estuvimos ahí.
Los perros parecen haber entendido algo que nosotros olvidamos hace mucho:
El amor no necesita estrategia para ser verdadero.
Así que sí.
Qué lindo sería el mundo si fuéramos un poco más como los perros.
Más honestos cuando queremos. Más felices cuando alguien vuelve. Más presentes cuando estamos. Y mucho menos preocupados de quién movió la cola primero.
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