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El pirata y la mujer del viento

  • Foto del escritor: Elizabeth Quiroz Contreras
    Elizabeth Quiroz Contreras
  • 13 jul
  • 3 min de lectura

El destino tiene un extraño sentido del humor.

Esconde los tesoros donde nadie pensaría buscarlos y, cuando uno cree conocer el camino, cambia el mapa sin pedir permiso.


Por eso, una noche, dos almas llegaron al mismo puerto convencidas de que buscaban cosas distintas.

Ninguna de las dos imaginaba que, al amanecer, cargaría con un pedacito de la otra.


Él era un pirata que venía de sobrevivir a una larga tormenta. Había aprendido a desconfiar del mar y a navegar con las velas a medio abrir.


Ella, en cambio, seguía creyendo que incluso los océanos más bravos escondían horizontes capaces de sorprender.


Se encontraron sin buscarse.

Como suelen encontrarse las historias que valen la pena.


Él hablaba de los cambios que había hecho en su vida. De las tormentas que había dejado atrás. De las cosas a las que había decidido renunciar.


Ella levantó la vista, sonrió y, como si el destino le hubiera soplado la frase al oído, dijo:


"Esta noche voy a ser tu tentación"


El pirata soltó una risa.


Ninguno de los dos lo sabía todavía.

Pero aquella noche la verdadera tentación no fue una copa.

Fue quedarse un poco más cerca del otro.


Hay personas que ofrecen un puerto.

Ella, en cambio, ofrecía viento.

Y fue entonces cuando el destino, satisfecho con su travesura, decidió quedarse a mirar qué hacían dos personas que todavía no sabían que estaban empezando a escribirse la vida.


Los días fueron tendiendo puentes invisibles entre ambos.

Se descubrieron en conversaciones que parecían no tener final, en abrazos capaces de detener el tiempo, en besos robados y en silencios que, lejos de incomodar, parecían decir: quédate un rato más.


Ella descubrió que detrás de aquel hombre de apariencia ruda vivía alguien que era capaz de pronunciar "mi niñita linda" con una ternura que no combinaba con su armadura.


Él descubrió que aquella mujer que parecía un torbellino también podía convertirse en el lugar más tranquilo del mundo.


Pero el mar nunca permanece quieto.

El pirata cargaba cicatrices invisibles. Había perdido un puerto donde permaneció anclado durante muchos años y todavía estaba aprendiendo a navegar sin mirar constantemente hacia la costa.


Ella, por su parte, conocía demasiado bien el miedo de ver alejarse un barco sin alcanzar siquiera a despedirse.


Y así llegaron las mareas.

Había días de cielo despejado, de risas compartidas y de sueños que parecían dibujarse solos en el horizonte.

Y había otros en los que bastaba una palabra, un silencio o un temor para que el viento cambiara de dirección.


Ninguno quería herir al otro.

Simplemente hablaban idiomas distintos cuando era el miedo quien tomaba el timón.


Más de una vez ambos creyeron que aquel viaje terminaría allí.

Sin embargo, había algo curioso.

Siempre encontraban el camino de regreso.


Tal vez porque él nunca dejó de reconocer aquella sonrisa capaz de aflojarle el corazón.

Tal vez porque ella seguía viendo al hombre bueno incluso cuando él se escondía detrás de su coraza.


Con el tiempo comprendieron que el amor no siempre llega vestido de certezas.

A veces llega con heridas abiertas, con tiempos imperfectos, con dudas que todavía buscan respuesta y con mapas incompletos.

Pero también comprendieron otra cosa.

Que hay personas que no aparecen para rescatarte.

Aparecen para sentarse a tu lado mientras aprendes a navegar de nuevo.


Ella nunca quiso cambiar al pirata.

Solo quería compartir la cubierta, mirar el horizonte junto a él y recordarle que incluso los mares más bravos terminan encontrando la calma.


Porque hay personas que aparecen donde menos las esperas...


...y, sin pedir permiso, terminan convirtiéndose en ese lugar al que siempre quieres volver.

 
 
 

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